«¿Por cuál empezamos, sino por Hestia, como es costumbre?» (Sócrates. Platón, Cratilo 401b).
«El gran jefe del cielo, Zeus, conduciendo su carro alado marcha el primero, ordenándolo todo y atento. Le sigue un ejército de dioses y otras divinidades, dispuesto en once escuadrones, pues Hestia se queda en la morada de los dioses, sola.» (Sócrates. Platón, Fedro 246e).
«No, sino con intención de, invocando primero a Hestia, destrozar a alguien.» (Filocleón. Aristófanes, Avispas 846).
«Hestia, guardiana de la sagrada morada del soberano Apolo, el que asaetea en la muy sagrada Pito, que de tus bucles interminable gotea húmedo aceite, entra en esta casa, entra trayendo un único ánimo junto con el prudente Zeus, y concédele tu gracia a mi canto.» (Himno Homérico a Hestia, 24).
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Hestia es el Hogar: la diosa que nunca abandona su morada, el Olimpo, ni participa jamás de las luchas de hombres o dioses. Según algunos, el nombre de Hestia, como el de otras deidades, le era desconocido a los antiguos egipcios. Sin embargo, se ha considerado a Hestia como la primera en nacer de los OLÍMPICOS, siendo adorada por los escitas, que la llamaban Tabiti. Hestia, que descubrió cómo construir casas, ejerce su poder sobre altares, hogares y Estados, y es la protectora de cada ciudad. Siendo esta diosa la guardiana y patrona de los recintos más íntimos, se terminan todas las oraciones y ofrendas, invocando su nombre.
Es Hestia una diosa virgen, y como no se siente atraída por las obras de Afrodita, no puede nunca engañarla la diosa del amor. Rechazó a Poseidón y Apolo, que quisieron casarse con ella, y tocando la cabeza de Zeus, juró que siempre permanecería virgen. Zeus entonces le concedió, en lugar del matrimonio, un lugar eterno en el centro mismo del hogar. Por eso, no celebran nunca banquetes los mortales sin hacer una ofrenda a Hestia, tanto al empezar como al terminar. Y así se acostumbraba en la Élide, en donde se hacían ofrendas a Hestia en primer lugar, y en segundo lugar a Zeus.
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